Recomiendo leer a Pedro García Olivo (
http://www.lahaine.org/index.php?cat=101) / (
http://www.pedrogarciaolivoliteratura.com/). Y si, por casualidad, pasa por vuestra ciudad o pueblo con alguna casión, id a alguna

de sus charlas. No sé si se prodiga mucho, ni siquiera sé si se dedica a esto de ir de local en local contando sus hazañas. Yo tuve la suerte de aterrizar hace tiempo en una de ellas. Y, la verdad, me dejó huella.
Hay ocasiones en las que el ser humano necesita que le repitan aquellas ideas que no han desaparecido de su mente, pero que se esconden involuntariamente por no ser políticamente correctas. Pues bien, ese fue el caso de la charla en cuestión. Necesitaba que me recordaran que no creo en la pedagogía, en la escuela... que las alternativas que se ofrecen tampoco me seducen (escuela popular, libre, libertaria...), al fin y al cabo, que damos por supuestas demasiadas cosas.
Una de esas cosas que damos por supuestas es que tod@ niñ@ es un ser inacabado que necesita una programación con más o menos barniz progresista o libertario (otros perfieren darles barniz de palo y castigo, pero eso es otra historia). Creemos también que la escuela nos liberará, que una educación como Dios manda (con Dios o sin él) hará que la siguiente generación cometa menos errores. Nos convencemos también con cientos de teorías pedagógicas sobre la socialización, las etapas de la vida o las diferentes inteligencias.
Sin embargo, no nos atrevemos a pensar lo que realmente pensamos. Y es triste.
Yo quiero atreverme a pensar que todo son excusas. Y, aunque eso nos pueda proporcionar una visión de futuro bastante negra, la enfermedad es el principio de la vacuna (aunque otros se empeñen en inventar vacunas para multiplicar enfermedades). Al fin y al cabo, sólo tenemos presente. Y no podemos seguir esperando que los parches que nos venden como implicación desde un campo determinado (léase educación en este caso) vayan a solucionar algo, porque no cuestionan ese "algo" ni lo combaten, sólo lo maquillan. Quizás debamos intentar robar parcelas a la institución escolar pero sin caer en la falsa esperanza y las ilustradas ideas de que el fuego redentor nacerá de unas cenizas que ahogamos con agua y más agua.
Por supuesto, se tachará este enfrentamiento contra la escuela de aventura utópica e irresponsable. También se llaman "incontrolados" a quienes no obedecen a la jerarquía o el programa político de turno. Pues, está bien; hay gente utópica, incontrolada, sin deseos de tener carceleros a su alrededor y con pocas alternativas claras que no sean más que meros experimentos. Muchos de estos adjetivos se podrían aplicar a l@s
niñ@s que deseamos domesticar o que aún no han comenzado esa carrera suicida hacia la "madurez".
Pero la mayor irresponsabilidad de todas es repetir aquello que realmente no piensas. Construir una red ideológica ajena a tu persona para conseguir esquivar el golpe de las malas miradas.
Repasemos nuestras palabras e imaginemos un mundo en el que personas de mayor edad alimentando día a día la sociedad cuyos daños colaterales dicen querer evitar, se dedican a erigirse en
maestr@s y guías de otra gente de menor edad. Ese es nuestro mundo más cercano. No aguanta el menor contraste con nada parecido a la lógica, y eso que no

s empeñamos en repetir que al educación debe basarse en la racionalidad (como tantas otras cosas).
Recuerdo una conversación con un, ya entrado en años, tabernero. Curtido en luchas políticas durante mucho tiempo y de adscripción marxista-maoísta, no paraba de repetir que yo debería estudiar una o dos carreras, que la "revolución" necesita estudiantes, gente culta para las luchas del futuro. A renglón seguido, se quejaba de que la mayoría de la gente que frecuentaba su bar tenía demasiada pose y pocos hechos reflejaban sus supuestas ideas. Se lamentaba de que cada vez había menos gente realmente activa en un enfrentamiento real. Pero, no se daba cuenta, de que el número de universitarios era directamente proporcional al aumento de la apatía generalizada. Los consejos y soluciones que me ofrecía solo servían para alimentar la descomposición de este cadáver en que estamos convirtiendo nuestro mundo. Y, lo más importante de todo, por encima de discrepancias "ideológicas" profundas, obviaba algo muy simple; de todas las personas que llenaban esa tarde la taberna, él era la más activa, la más comprometida, y la más perseguida. Él, tabernero de familia y barrio obrero, sin ningún graduado escolar.
L@s adult@s deberíamos empezar a tomar más en serio nuestras palabras, para darnos cuenta de lo vacías e insultantes que resultan. Nuestra razón y sinrazón crea monstruos y el eco que se escucha entre lo absurdo y lo intocable es sólo ruido. Quizás sería mejor guardar silencio y, de paso, dejar que niños y niñas jueguen sin las cadenas que nos empeñamos en fabricarles.